Home TEEB Expert Cáncer de mama: Experiencia de vida

Cáncer de mama: Experiencia de vida

0
Cáncer de mama: Experiencia de vida

Hola, soy Patricia, tengo 62 años de edad, soy esposa, madre y abuela, y soy sobreviviente de cáncer de mama. Les voy a compartir mi historia y la experiencia por la que pasé, desde el momento de mi diagnóstico hasta el día de hoy. Espero que les sirva para acercarlas a una realidad que vemos lejana quizá porque no la hemos vivido en primera o segunda persona y que, como muchas cosas, podemos pensar “a mí no me va a pasar”.  En mi caso, la probabilidad pasó a una realidad en la que entendí y viví una enfermedad implacable, difícil de llevar y que no todas logran sobrevivirla. Yo como sobreviviente, siento la necesidad de compartirles esta experiencia para que se comprenda la necesidad de diagnosticarla a tiempo y evitar mucho sufrimiento y resultados desfavorables y, sobre todo, que si conocen a alguien que está pasando por lo mismo, puedan comprenderla mejor y saber cómo mejor apoyarla o acompañarla en ese viaje. 

Soy sobreviviente de cáncer de mama. Hace justamente 2 años fui, como cada año, a realizarme el check up anual. Siempre he sido muy formal y constante con ese tipo de cosas; se podría decir incluso “religiosa” con ese aspecto. No huyo a los médicos ni a los diagnósticos, pues sé que es mejor conocer la realidad y no esconderse detrás de la desinformación y huir de la realidad. Cada año esperaba que me dijeran que todo estaba bien a pesar de que me estaba haciendo grande y poco a poco iba presentando más signos normales de envejecimiento; y así había sido por muchos años. Sin embargo, en octubre de 2019 no fue igual. Durante la mastografía y el ultrasonido de mama, la técnico me comentó que probablemente me llamarían para hacerme un estudio más detallado porque se veía “algo”. Yo no pensé que fuera algo malo. Nunca había sido así y decidí esperar a que me dijeran qué era lo que veían y no concluir algo que no fuera cierto haciéndome ruido yo sola en la cabeza. Dos días después, acudí al estudio y la doctora que lo realizó me dijo que me darían los resultados la siguiente semana. Le pregunté si me podía decir algo y ella fue muy poco empática y me contestó que esperara a la interpretación. En ese momento comencé a sentir y pensar que algo no estaba bien. Pero la palabra cáncer no era fue una de mis opciones.

Al llegar por los resultados del check up general, todo parecía estar en orden, hasta llegar al estudio de mastografía. Por los hallazgos en ese estudio de imagen, mi lesión en la mama era clasificada como “BIRADS 4C”. El doctor me dijo que debía hacerme una biopsia para seguir estudiando la lesión. Me revisó físicamente y me dijo que no se sentía nada. Desde luego no se veía nada tampoco por fuera, pero la mastografía y ultrasonido confirmaban su presencia. Eso, me comunicó, es porque está muy pequeña y adentro. 

Yo desconocía el término “4C”. Sabía que en los últimos años me habían clasificado mi mastografía como “2” y que eso significaba algunos cambios benignos en el tejido, pero no conocía con certeza el significado del “4C”. A mi familia y amigos les pregunté si alguien sabía de un oncólogo que pudiera hacerme la biopsia y por suerte no tardé en obtener una respuesta. Me recomendaron a un cirujano oncólogo a quien llamé por teléfono inmediatamente. Él, muy amable, organizó todo para que el siguiente sábado me pudiera hacer la biopsia y continuar estudiándome. Mientras tanto, investigué el significado de BIRADS 4C. Lo que encontré: Tumor maligno. Cáncer de mama.  En ese momento se vienen a la cabeza los peores pensamientos. No conocía a nadie que lo hubiera sufrido, pero sí tengo casos cercanos de cáncer y todos terminaron en la muerte, tanto de jóvenes como de adultos. Me enfrenté a la realidad de la muerte. 

Tres días después, fui a que los médicos me entregaran y explicaran los resultados de la biopsia. El cáncer de mama era ahora una realidad; tenía cáncer de mama. Un tumor pequeño (2 cm de diámetro), específicamente del tipo “carcinoma ductal infiltrante, HER2 positivo”, pero este era de rápido crecimiento y maligno, es decir, “agresivo”. 

El doctor me explicó que la mejor opción de tratamiento, según mi caso, era comenzar con cirugía para extirparlo. Por su tamaño y localización en la mama, no era necesario realizar una mastectomía (quitar toda la mama), sino una cuadrantectomía (cirugía que parecía no tan invasiva). Posteriormente, continuaría con tratamiento a base de quimioterapia y radioterapia. 

Era mucha información, con muchos términos desconocidos. Sentimientos de incertidumbre, de comprender una realidad que no sabía qué significaba realmente para mí ni cómo iba a cambiar mi vida próximamente.

Mi familia (esposo e hijos) se reunieron de inmediato en mi casa. Estaban presentes. Preguntaban cosas que yo no sabía responder. Tendríamos que ir paso a paso desde luego.  Cada uno tenía una preocupación: el seguro de gastos médicos, conocer otras opiniones, lugar de cirugía, médico, peluca para cuando hiciera falta, etc.  Yo no podía responder. Era mucha información. 

Fui a conocer la opinión de otros dos médicos intentando comprender un poco más las opciones de tratamiento, quizá buscar una opción económicamente accesible pero de calidad. Me topé con médicos de diferentes escuelas. El diagnóstico era el mismo pero el trato no. Es importante ese trato médico/paciente, que te de confianza, no sólo que te resuelva la situación como si fueras un caso. Tomé la decisión rápidamente. Sabía que no debía tardar mucho en programar la cirugía y había que hacer trámites de seguro y pagos. Yo sólo quería que me sacaran el tumor cuanto antes. Me molestaba pensar que tenía dentro un cuerpo que intentaba atacarme de forma rápida e implacable.

Un mes después de haber iniciado el check up, tuve la cirugía. Sentí alivio de ya no tener el tumor dentro de mí. El ganglio centinela, es decir el ganglio linfático más cerca del tumor y a través del cual el cáncer podía esparcirse, salió limpio y al parecer el tumor había salido por completo. En la misma cirugía, el doctor colocó un catéter puerto del otro lado de mi pecho a través del cual recibiría las quimioterapias, pues las pequeñas venas de mis brazos no aguantarían la irritación de los medicamentos de quimioterapia. Es extraño tener una cajita adentro esperando para usarse con las quimios. Lo tomé con calma tres semanas, estuve descansando en mi casa intentando mentalizarme pensando en lo que venía, mientras recibía diversas visitas, flores y llamadas de familiares y amigos. Sentía incertidumbre, una nube negra estaba encima de mi cabeza pero de momento el tumor ya no estaba. Quizá había células malignas recorriendo mi cuerpo buscando dónde hospedarse. El apoyo de las personas a mi alrededor servía de distracción y ayudaba a pasar el tiempo mientras me enfocaba en seguir con el siguiente paso en mi tratamiento. Contacté al oncólogo médico que administraría las quimioterapias.

Nuevamente, términos y nombres desconocidos y un lugar en el hospital al que no había entrado nunca. Me encontré con muchas personas en tratamiento dentro de la misma sala. Increíble que sea un mundo del que no tenemos idea, pero que muchas personas lo viven día con día. Hay miradas, silencios, personas dormidas. Es difícil de describir.

Inicié las quimioterapias un mes después de la cirugía. Me explicaron los efectos secundarios e indicaron medicamentos para administrarme antes de las quimios para contrarrestarlos un poco. Me sentía muy medicada, la cara se enrojecía al día siguiente de las quimios pero nada grave. Pude seguir con mi trabajo. Cuatro semanas después de la primera administración de quimioterapia, se volvía un evento semanal hasta que llegara a cumplir doce sesiones en total, el cabello empezó a caerse. Es difícil ver que en el baño se queda una gran cantidad de cabello cada vez que te bañas o te cepillas, o la cara de susto y compasión de mi estilista intentando esconder todo el pelo que perdía mientras trataba de animarme o distraerme con alguna otra conversación. Un mes después de la primera quimio fui a que me raparan.  Me quedaba poco pelo, se caía por minutos, se quedaba en la mano, en la ropa y sentí que no me veía bien. La primera noche pasé un frío terrible. No sabía que el cabello nos cubriera del frío. Empecé a usar una peluca o un gorrito. Ese look es un signo, sin duda alguna, de lo que está pasando dentro del cuerpo.  

Tuve el apoyo de una psicóloga dedicada exclusivamente al área de oncología. Pensé que no la necesitaba pero me di cuenta que es importante hablar de lo que sientes y piensas con alguien que está fuera de tu entorno cercano y que realmente conoce lo que está pasando. Los familiares y amigos muy cercanos tratan de darte ánimos pero en ocasiones, sin ser su intensión, dicen cosas que molestan. Por ejemplo: “ya sólo te faltan 5!” (refiriéndose a las sesiones de quimioterapia) y por dentro piensas: “5 son muchísimas. Si supieras que cada una cuesta más que la anterior, el medicamento se acumula en el cuerpo, los efectos se sienten cada vez más.” Quizás cada quien lo perciba diferente, pero a mí eso me pesaba. Hablando con otras personas que pasaron por algo similar a lo mío, coincidimos en que nos pesaba escuchar eso.  Finalmente terminan las doce sesiones de quimioterapia. El doctor me pide que salga a caminar, que haga ejercicio. Trato de caminar todos los días. Es cansado, pero me ayuda a no pensar mucho en lo que falta del tratamiento.

Siguiente fase: Radioterapia. La doctora me explica cómo serían las sesiones, “van a ser 30” escuché, una cada día de lunes a viernes. Acudí a la primera cita, toman ciertas medidas para calcular la posición de la máquina de radiación. Me tatúan 5 puntos de tinta china en el cuerpo. Alto, eso nadie me dijo que lo harían, pensé. Posición incómoda que tendré que aguantar sin moverme unos 15 ó 20 minutos. Me explican cómo. Así recuerdo esos sucesos, como una rápida secuencia imágenes formando las escenas, como un carrusel de diapositivas. 

Siguiente lunes voy a la primera sesión oficial de radioterapia. Me bajan a un lugar que es un bunker por la radiación que emite. Muy frío, posición incómoda de nuevo. El personal es encantador, intentan lo posible porque no me sienta agredida por la situación. Trato de no pensar y mientras pasan los minutos rezo el rosario para que mi mente no piense en otra cosa. En el edificio hay mucho equipo que se usa dependiendo del sitio anatómico del cáncer de las personas. Hay muchos pacientes peor que yo, pensé.  

La rutina de cada día: ir, cambiarme por la bata, bajar al bunker, sentir frío, postura incómoda, rosario, listo. Nos vamos conociendo con la persona que va antes a su sesión y el que va después. Quiero pensar que ese tratamiento es como una radiografía y no pasa nada. Error. Poco a poco la piel se empieza a quemar, pero lo peor es el cansancio, ataca de una forma en que no sabía; súbito, inesperado, pesado.  El día lo paso en tinieblas de sueño. Trato de seguir saliendo a caminar. Es difícil.

Intentaba seguir trabajando, pero me doy cuenta de que mi mente me hace cosas que no esperaba. Hay procesos que no comprendo como antes y que trato de hacer y no logro. Las sinapsis del cerebro también se ven afectadas por el tratamiento. Es difícil no pensar en lo mal que te ves. Hinchada, sin cabello ni cejas ni pestañas, cansada y sin ganas de hacer nada.

Finalmente pasan las 30 radioterapias. No tengo más que agradecimiento a todo el personal del hospital. Los siento cercanos. Su trato es sumamente cariñoso. Agradecimiento ahora se convierte en el sentimiento predominante. Esta gente que está todos los días viendo cómo algunos pacientes lo logran y otros no. Llegar todos los días a mi edificio de tratamiento y ver tantas personas en una situación similar, o quizás peor, ver a los nuevos que te ven raro por no tener cabello pero que quizá se imaginan cómo se verán ellos pronto, pacientes que ves en muy mal estado y que quizá la próxima semana ya no estén. Te acompañan en este paso y te hacen pensar en las terribles opciones que puede haber.  Prefiero pensar que son imágenes y experiencias que recordaré por siempre. Recuerdo una paciente que iba justo antes de mí y, un día que se descompuso la máquina y esperamos cerca de dos horas para tener la radioterapia, se me acercó y me preguntó cómo le hacía para siempre llegar de buen humor, saludar a todos y estar tranquila. Ella estaba muy enojada, el cáncer le había regresado después de tres años. Mi respuesta fue que es mejor tratar de llevarlo bien que pelear con una realidad que no puedes controlar. Pensándolo bien, me di cuenta que es algo que sin fe, es decir, si no se le ve sentido de trascendencia o un motivo para seguir, es muy fácil vivir el tratamiento enojado, luchando en contra de todo, y esto lo hace muy difícil de sobrellevar, superarlo y terminar triunfante. Yo opté por una actitud positiva y de hacerme de alguna forma, una mejor persona.

Terminan las radiaciones. Inicia siguiente etapa: 12 inyecciones de terapia blanco. Una cada 3 semanas. Aparentemente no hay reacción adversa que pueda sentirla físicamente o verla con mis propios ojos cuando me paro frente al espejo. No me siento mal y por fin empiezo a ver el final del año de tratamiento. Una a una pasan las inyecciones. Mientras tanto, hay que hacerse análisis de sangre cada tres semanas para verificar el correcto funcionamiento de mis órganos. Se ven los efectos de los medicamentos en el conteo de glóbulos blancos, sobre todo.  Dice el doctor que es lo normal, pero que debo cuidarme mucho de no adquirir cualquier tipo de infección pues podría afectarme gravemente. Claro, la pandemia por COVID-19 me preocupaba tanto a mí como a mis familiares. Me intentaban cuidar y cuidarse ellos lo más posible, aunque ese es otro capítulo de esta historia. Además, me tengo que hacer un estudio del corazón cada 2 meses. Las inyecciones no se ve que tengan efectos a simple vista, pero el corazón se puede ver afectado y en ese caso se tendrían que suspender. Los estudios del corazón salen bien y termino las 12 inyecciones.

¿Ya pasó todo? Recibo felicitaciones. Logré sobrevivir al cáncer de mama. Pero sé que quizá no sea así. Puede volver en forma de metástasis. Me dice el doctor que debo vigilar de no tener dolores fuertes de cabeza, huesos, columna (el cáncer de mama suele hacer metástasis en huesos, columna y cerebro). Tendré que estar pendiente. ¿Qué sigue? Análisis de sangre cada 3 meses hasta cumplir los 3 años y después cada 6 meses hasta cumplir los 5 años. Mastografías y ultrasonidos de mama cada 6 meses hasta los 5 años.  

Por fuera el cabello vuelve a crecer, mi cerebro empieza a funcionar de forma normal.  Me siento bien.

Precisamente se cumple en estos días de octubre 2 años del diagnóstico. Ahora, cada vez que voy a los análisis voy temerosa. Pero hasta ahora, todo va bien. 

Me doy cuenta de la importancia de haber detectado a tiempo el cáncer y de haber tomado las decisiones correctas rápidamente. No es fácil, hay que enfrentar miedos, inseguridades, incertidumbre. Pero es mejor seguir esos pasos y luchar, que padecer la enfermedad y el tratamiento sin éxito. No sé si vuelva de otra forma, pero sé que la actitud es importante.  Que vivir las cosas resolviendo y tomando las riendas del tratamiento es mejor que huir e ignorar el elefante dentro de la habitación. Al menos se tiene una oportunidad de luchar por una vida mejor, por seguir acompañado y acompañando a mis seres queridos, de seguir viviendo experiencias. Para mí lo más importante es vivir disfrutando a mi familia y eso es lo que pretendo hacer.

Físicamente, todos los días veo las secuelas en mi cuerpo. Las veo y las siento. Veo la asimetría de mis mamas, el cabello aún no llega a la altura que tenía antes. A veces al dormir tengo punzadas y la piel está tensa. Pero nada importante al saber que estoy bien. Que aquí sigo y que soy sobreviviente.

Tengo amigas que no quieren hacerse la mastografía de rutina. Me preocupa que si llegan a tener algo (y toco madera), se den cuenta demasiado tarde. Si se puede prevenir o resolver a tiempo, es mejor tomar ese chance. Me queda la autoexploración como una tarea para las jóvenes, la mastografía de rutina cada año para las no tan jóvenes. Cáncer es una palabra que da miedo pero a los miedos hay que enfrentarlos.  

Agradezco de corazón a todos esos ángeles que me acompañaron en estos dos años. No tengo cómo agradecerles todo lo que hicieron por mí y el cariño con que me trataron.  Me hicieron sentir querida y fueron parte importante para tomar las cosas con serenidad y esperanza. Gracias a todos y cada uno de ellos desde lo más profundo de mi corazón.

 

Patricia Suñol

pat_sunol@hotmail.com

#InformaTEEB #Blog #Testimonio #CancerDeMama #TEEBER #TEEBSePoneRosa #BlogTEEB

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here